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Goleadoras de barrio

Fuente: Revista El Sábado

La revista El Sábado del diario El Mercurio destaca que a las escuelas de fútbol de barrio están llegando niñas no solo con ganas de jugar, sino que —luego de ver a la selección femenina— con la ilusión de convertirse en futbolistas profesionales. 

Rayén Cabezas, 12 años, el pelo hasta los hombros y las puntas teñidas azules, camina moviendo la pelota de un pie a otro por la mitad de la cancha. Viste un polerón rojo que en la espalda dice ‘Chile’, toperoles naranjos y los calcetines negros. Los usa hasta arriba de la rodilla, tapando las cicatrices que se ha hecho jugando en esa cancha de cemento. A su alrededor se levantan decenas de blocs de un rosado pálido en la comuna de La Granja. Algunos de los edificios están rayados con firmas y dibujos y en otros cuelgan ropas en cordeles que van de una ventana a otra. Rayén vive en uno de ellos, junto a sus abuelos, su mamá, su hermano chico y el hermano de su mamá, que tiene un año más que ella. Él, dice Rayén, la llevó por primera vez a jugar a la pelota. Tenía cuatro años, recuerda. Frente a ella jugaban todos los niños del barrio. Rayén solo miraba. Hasta que un día se animó y pidió estar en el arco. —Elegí arquera porque creía que no podía jugar con la pelota, pensaba que era mala manejando el balón por las cosas que me decían: que no podía jugar porque era mujer, que no sabía y cosas así. Por eso no me atrevía a probar —dice Rayén. Después de los partidos, su tío y unos amigos empezaron a enseñarle a dar pases, a cruzar la pelota y a correr con ella. Finalmente logró que la dejaran jugar como defensa. Al poco tiempo, dice, hizo su primer gol. Lo recuerda con detalle, como si lo estuviera viviendo ahora mismo: un tiro desde el córner, la pelota la toma un niño del equipo contrario, ella se la quita, patea fuerte al arco y golazo. —Ahí me tiré al suelo a celebrar —cuenta Rayén sonriendo. Ese día se ganó el respeto de los niños, que la empezaron a ir a buscar a su bloc para que fuera a jugar con ellos. Su mamá, Ana Pérez, cajera en un hospital, cuenta que Rayén ha pasado por una escuela de Colo-Colo y que también le han ofrecido entrar a la escuela formativa de Palestino. Hoy juega en una de las escuelas gratuitas del equipo Rodelindo Román, en San Ramón, el mismo club en el que empezó Arturo Vidal, y que él ha potenciado junto al empresario Andrónico Luksic con el programa ‘Reyes de barrio’ en 11 comunas de Santiago. El entrenador de Rayén, Víctor Bau, la mira mientras ella domina la pelota con los pies y dice que es la mejor. —Es destacada, la incluimos en el equipo de hombres como delantera —cuenta. Para Rayén, su camino está claro. —Lo que tengo pensado es ser futbolista, es lo único que quiero. ¿Estudiar? No sé todavía, pero tengo claro que quiero ser futbolista. En la escuela de San Ramón hay cerca de 100 inscritos, un poco más de 20 son niñas, de diferentes edades. Como aún son pocas, habitualmente las niñas deben jugar con los niños para poder competir. —Y eso que esta escuela debe ser una de las que tienen más mujeres. Cuesta mucho hacer grupos femeninos, aunque ellas ahora se están motivando por la selección —explica Bau. Rayén recuerda la primera vez que vio jugar a la selección femenina de fútbol en la televisión. Fue hace poco más de dos años: ella tenía 10, estaba en la escuela municipal en San Ramón, donde estudia, cuando alguien puso un partido entre clubes de mujeres. —Cuando las vi pensé que eran muy buenas y que estaban llevando al fútbol femenino más arriba para ser aceptadas. Vi también una opción para mí. Después de ese día, dice que empezó a ver partidos más seguido y que pronto Christiane Endler se convirtió en su ídola. En la comuna de La Florida, Achly Martínez, de 15 años, pelo largo y recogido en un moño, cuenta que hace más de un año comenzó a tomarse más en serio el fútbol, cuando siguió por la televisión los partidos de la Copa América de la selección femenina. Son las seis de la tarde de un jueves. Achly entrena en una cancha de pasto sintético cerca de la villa Rodrigo Carranza. Desde la gradería la mira su mamá, Maritza Martínez, 50 años, de buzo y polera deportiva negra. Maritza vive junto a Achly y su hijo mayor a dos cuadras de la cancha, y dice que allá, en el pasaje, su hija solía jugar fútbol desde muy chica. —Hacían la cancha, ponían una piedra aquí y otra allá, y ahí armaban el arco, pero yo nunca pensé que ella iba a jugar a la pelota, porque ella quería ser modelo. Yo creo que cuando empezaron a salir las niñas jugando en la tele, ahí se entusiasmó y me pidió permiso para entrar a este club —explica Maritza, quien durante la semana vende huevos en la feria, donde también compró los toperoles que hoy lleva puestos Achly. Maritza ha visto cómo su hija ha ido tomado el entrenamiento en serio. Se ha dado cuenta, dice, de que ella estudia más temprano para después tener tiempo para el fútbol. También siempre llega a la hora a los entrenamientos y lleva su botella con agua. Y muchas veces en las mañanas, antes de ir al colegio, la ha visto lavando su camiseta, que en los días más fríos la seca con secador de pelo. —Ahora existe la posibilidad de ser jugadora profesional. Antes ni siquiera pensaba que las mujeres podrían llegar a un mundial —dice Achly, tomando un respiro al final de su entrenamiento. En la escuela de fútbol de Achly hay 75 inscritos. Solo seis son mujeres. Una de ellas es Valentina Bermedo, de 12 años. En su categoría, Valentina entrena solo con niños. Empezó a jugar fútbol a los seis. Su papá, Leonel Bermedo, 49 años, quien se dedica a hacer muebles, la mira desde la gradería. Mientras la ve correr con la pelota, cuenta que él siempre ha jugado en clubes de barrio, y que cuando nació Valentina la empezó a llevar con él. Ellos viven en una toma en la población Ampliación La Higuera, en La Florida. —Empezó a chutear conmigo en una cancha de tierra, cerca de mi casa. Esto sirve para sacar a los niños de la calle, que vean otra cosa, que el deporte es sano (…) En mi casa no tengo internet, así que trato de sacar a mis hijas conmigo para todos lados —dice Leonel, quien le presta sus zapatos de fútbol a Valentina para que entrene. Ella juega como mediocampista. Su entrenador, Óscar Cea, antes trabajó en escuelas formativas de Colo-Colo, Santiago Morning, Audax Italiano y otras. Desde el borde de la cancha la ve correr de un lado a otro y dice que tiene aptitudes. —Hay harto potencial ahí, tiene un buen desarrollo muscular. Cuando está bien enfocada, se equivoca poco y le mete hartas ganas. Para ella su sueño es ser futbolista y esto puede ser una ventana súper amplia para avanzar y lograr sus propias metas. En esta escuela vemos una formación integral, hay niños en riesgo social, con varios problemas: de alimentación, psicológicos, algunos papás con antecedentes, alcoholismo, mucha drogadicción, pero acá hay varios niños que son rebuenos. Ellos están como en el borde de un abismo y ahí entramos nosotros. Para Cea, la presencia de niñas en escuelas de barrio y en escuelas formativas de clubes ha ido creciendo de a poco. —La gran mayoría parte en escuelas mixtas. Es muy raro ver una escuela que sea solamente femenina. Muchas de estas niñas interactúan con niños desde chicos, porque el común de ellas no quiere o no se imagina jugando fútbol —dice. 

Rayén domina la pelota en la cancha de cemento, cerca de los blocs donde vive. Alrededor hay botellas de vidrio rotas, vasos tirados y brazas de una fogata que hicieron unos días atrás algunos jóvenes del sector. —En las noches acá es más complicado el consumo de drogas y alcohol. Por eso ella se junta con los chiquillos en el día a jugar mientras tengan luz, porque a veces en las noches se arman peleas —dice Ana Pérez, la madre de Rayén—. Yo me crie con el estigma de que las niñas no juegan fútbol. A mí no me dejaban jugar, pero lo hacía a escondidas en un club en La Pintana que se llamaba Chunchito. Hace poco más de dos años, Rayén pasó un par de meses por una escuela de Colo-Colo. Al poco tiempo, su mamá la retiró porque no podía pagar la mensualidad de 25 mil pesos. Rayén la mira y dice que, además, no se sentía cómoda entrenando ahí. 

—Era mixto, éramos dos mujeres y era fome, porque los hombres jugaban entre ellos, como que nosotras no existíamos. No me dejaban jugar y nadie quería hacer amigos, así que me quise salir —dice la niña. Después de esa experiencia, el año pasado entró a una escuela dirigida por las actuales futbolistas de la selección femenina María José Urrutia y Maryorie Hernández. Con ellas Rayén tuvo la oportunidad de entrar a la escuela del club Palestino, pero la mensualidad de nuevo fue un impedimento. Hoy, en la escuela de Rodelindo Román, Rayén entrena junto a María José Carvajal. Tiene 14 años y cuenta que por mucho tiempo intentó jugar fútbol, pero su papá no la dejaba. Cerca de su casa, en una población de San Ramón, pasaba la tarde viendo a sus tíos y primos jugar en la cancha del barrio. —Mi papá me decía que el fútbol era de hombres —dice María José. Hasta que hace un par de años empezaron a impartir talleres de fútbol en la escuela municipal en la que estudia. De inmediato se inscribió. Su papá de a poco la fue aceptando y este año él mismo la inscribió en la escuela de su comuna. —Mi pasión es el fútbol, me gusta jugar, y el profe nos da la oportunidad de ir a los partidos, porque hay otras escuelas mixtas que solo les dan la oportunidad a los hombres —agrega María José. Su padre, Luis Carvajal, conductor del Transantiago, dice que la deja jugar mientras se mantenga bien en los estudios. —Si no le resulta el fútbol, tiene que tener sus estudios completos para poder salir adelante, porque esto es una aventura, la parte femenina está recién apareciendo —dice Carvajal. En la comuna de Pudahuel, Génesis Guerrero, venezolana, 10 años, también ha vivido las dificultades al jugar con niños. Está sentada junto a sus padres en el living de su casa, donde solo hay un sofá, tres sillas y un pequeño televisor que prenden para ver los partidos de Chile y Venezuela. —Mis compañeros son buena onda, pero también me empujan y a veces no me tiran la pelota. En el entrenamiento no me dan pases, no sé por qué, pero en el partido sí —dice Génesis, quien juega de defensa y es la única niña en la serie de 10 años de su equipo en la escuela de Pudahuel. La citan a la mayoría de los partidos. Cuenta que hace poco, por primera vez, sus compañeros se enfrentaron a una niña en el equipo adversario. Nadie la marcaba y ella empezó a hacer goles. —Entonces me metieron a mí. Yo la marcaba, porque ese es mi trabajo. Después ya no metió más goles —dice Génesis, orgullosa. Su padre, Pablo Guerrero, quien jugaba en equipos de barrio en Venezuela, dice que, si su hija quiere, a él le gustaría que fuera futbolista. —Se ve que es un país que tiene muy bien a los jugadores, les tiende mucho la mano y tienen oportunidades. Es un buen camino económico mientras no descuiden los estudios —advierte. Son las cuatro de la tarde de un viernes. Rayén está en las canchas donde entrena su escuela en San Ramón. Juega un partido. Rayén lleva su pelo corto y suelto, que se despeja de su cara cuando sube y baja corriendo por la cancha. Mete las piernas entre sus compañeras, quita la pelota y hace un pase. Cuando la pelota se va fuera, ella corre acelerada a sacar desde el lateral. Rayén es la más chica de las niñas que entrenan ahí. En edad y en tamaño. Algunas le sacan hasta una cabeza en altura. Su entrenador, Víctor Bau, no le pierde la mirada desde la distancia: —Ella y otro niño que hay aquí son los dos cracks. Yo creo que ella puede ser futbolista, es la que tiene más condiciones —dice. Más tarde, Rayén dirá que ya tiene un plan en mente. —Quiero terminar este año en el Rodelindo, terminar de perfeccionarme y después, si tengo la oportunidad, irme a otra parte. Mi sueño es entrar a cadete de la Universidad de Chile, mi equipo favorito, y ojalá llegar a ser profesional.

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